Mantener una alimentación equilibrada es la clave para mantenernos sanos y fuertes a culquier edad, pero a veces no nos damos cuenta del efecto que los alimentos tienen sobre la dentición, especialmente en la de los más pequeños de la casa.

Los nuevos hábitos y alimentos de la dieta española tienden a ser cada vez más blandos y fáciles de tragar y digerir. Algo que es contraproducente para la mordedura de los niños, que encuentra cada vez menos resistencia en los platos del día a día.

Frente a la carne de la ternera o la manzana, más duras y por tanto más complejas de masticar, los alimentos propios de estas dietas blandas son, por ejemplo, los cereales mezclados con leche, ideados como ‘desayuno rápido’, fácil de tragar antes de salir corriendo para llegar a clase, así como los sandwiches y zumos envasados de media mañana -que a su vez conllevan un pH demasiado ácido, causante de la aparición de las caries-, la comida del comedor del colegio, como purés de verduras o de patatas como guarnición, yogures en vez de frutas, sopas, cremas, arroces… Diseñados para que los ‘peques’ coman rápido, con un menor nivel de dificultad para la masticación.

Esta sucesión de comidas blandas puede provocar dos problemas en la boca de los niños: por un lado un aumento del índice de caries debido a que los alimentos blandos se quedan literalmente pegados a la superficie de los dientes (mientras que los duros producen un efecto de arrastre y autolimpieza), y, por otro, el aumento en el número de maloclusiones -o lo que es lo mismo, del mal alineamiento de los dientes superiores e inferiores al morder-, y con ello la necesidad de tratamientos de ortodoncia en algunos casos.

La maloclusión es, de hecho, una de las patologías más extendidas entre los adolescentes en las sociedades contemporáneas: en torno al 50 por ciento de los niños presenta problemas de mala oclusión, en parte debido a una mala elección de los alimentos, aunque existen otros factores, como los hereditarios, los malos hábitos relacionados con el uso del chupete y el biberón, o el chuparse el dedo en la infancia. La dureza de los alimentos provoca que los músculos ‘tiren’ de los huesos y los desarrollen, dejando espacio para los dientes sin que lleguen a salir ‘torcidos’.

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